
Por Jesús Michel Narváez
Tararear el “lero, lero, te lo dije”, no es lo adecuado. Tendría que ser algo más fuerte que hiciera reaccionaran a los bribones soberbios que, en su momento dijeron: “somos la mayoría, la mayoría se respeta y haremos lo que queramos”.
No fue así. Porque por sí mismo, el partido Morena, el del gobierno, el que dice tener la voluntad del pueblo, no tiene los votos para reformar la Constitución, a pesar de que en la campaña para conformar la actual legislatura el expresidente López promovió ilegalmente el voto y pidió que se extendiera al Congr3so de la Desunión.
Las bisagras sirven para sostener las puertas. Y así se les llama a los partidos que son utilizados como porteros -no de futbol, porque las golizas serían inconmensurables- y le prestan al resto del equipo sus jugadores para que, en su momento, anoten el gol de la vergüenza. (Así lo dicen los cronistas del deporte de la patata).
Leer y registrar los tableros ubicados en las zonas laterales del centro político que representa al “pueblo” y observar que la votación de los legisladores se cerró y de no estar completos los guindolones la oposición habría ganado abrumadoramente.
Lo ocurrido recordó a la roqueseñal, aquella que hizo famoso al político priísta Rique Villanueva al aprobarse el incremento del IVA, pero a la inversa: a los que presumían tener el poder, los de la mayoría según Pablo Gómez, les hicieron los caracolitos y no pequeños, sino de aguas turbulentas.
Hace tres semanas, en la edición digital de Misión Política, publicamos el valor del voto que obtuvieron los llamados partidos pequeños que, de pronto. Se convirtieron en los gigantes.
Algo así como la fábula de David contra Goliat. El pequeño, con la honda derribó al gigante. Los peques verdes y rojinegros pusieron en su lugar al “gigante” con pies de barro teñidos de guinda, cual jugo de la remolacha.
Se anticipaba el resultado de la votación. Sin embargo, la soberbia cegó a los poderosos y los llevó por el camino equivocado.
No era por el de la confrontación y menos el de la humillación “´porque yo tengo el poder”. Era el del diálogo. El del entendimiento. El de escuchar las voces divergentes. El de razonar que una reforma política requiere de la participación de todos los actores políticos.
A Pablo Gómez le confirió la presidenta Sheinbaum la responsabilidad de presidir la comisión para la reforma electoral y, quizá ella no conocía cómo se las gasta el personaje que ha sabido vivir del prestigio por haber participado en el conflicto de 1968 y haber sido acogido en La Habana. A Gómez le importa su persona, su criterio, su pensamiento. Supone, equivocadamente, que la verdad absoluta anida en su cerebro.
Los peques le demostraron que no tiene el poder de destrozar y humillar a nadie y la prueba irrefutable se la mostraron al apretar el botón que lleva el voto al tablero de la Cámara de Diputados.
La reforma electoral del mentor y promovida por la sucesora, Claudia Sheinbaum, no transitó y correrá la suerte de la ignominia: ser desechada.
Sheinbaum le dirá al “pueblo bueno” el nombre de los partidos que se opusieron a reducir el número de diputados, que los de representación ganaron con votos, que los recursos a los partidos se redujeran, que del INE desapareciera el PREP y que los organismos estatales electorales hicieran compañía a los demonios que se niegan a regenerarse.
Sheinbaum fracasó en su intento de imponer nuevas limitaciones a la democracia.
Sheinbaum puede tener “voz bonita” -quizá porque Trump no escucha español- pero cero prospectivas políticas.
¿Habrá quienes paguen los platos rotos o tendrán premios de consolación que conllevan inmunidad e impunidad diplomática?
Ni modo, presidente, ya habrá mejores tiempos.
Por lo pronto, no creo que reciba muchos pésames por la muerte de su reforma.
E-mail: jesusmichelnarvaez266@gmail.com, jesusmichelmp@hotmail.com y en Facebook como Jesus Michel
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