
Gabriela Lazcano/Perspectivas.mx
Los mexicanos nos hemos caracterizado siempre por ser contradictorios, generosos, caóticos, desconfiados y entrañables a la vez. Hemos sobrevivido a gobiernos, crisis y violencias, pero en algún momento olvidamos algo esencial:
que nadie se salva solo.
Y quizá la tristeza de nuestra generación consiste en haber conocido un tiempo en que lo sabíamos.
No era teoría.
Era una manera de vivir.
Se sabía en las familias, donde los problemas eran de todos. En las amistades, donde acompañar era un deber del corazón.
Hoy parecería haberse impuesto otra moral.
Sálvate tú.
No cargues con nadie.
No te metas.
Y hemos confundido libertad con indiferencia.
Autonomía con egoísmo.
No sólo cambiaron las costumbres.
Cambió la idea del otro.
No se deteriora una sociedad sólo cuando se corrompen las instituciones.
También cuando se debilita la solidaridad.
México no es sólo política, aunque la política haya profundizado fracturas.
Pero sería cómodo culpar sólo a la política.
También la modernidad hizo lo suyo.
Nos dio velocidad, pero nos robó paciencia.
Nos dio conexión, pero debilitó la presencia.
Nunca habíamos estado tan comunicados y tan solos.
Y en medio de eso el egoísmo dejó de verse como defecto para convertirse casi en filosofía.
Primero yo.
Mi verdad.
Mi causa.
Mi herida.
Y el nosotros se fue volviendo sospechoso.
No hablo como juez.
Hablo como cómplice.
Porque yo también pertenezco a esta época.
También he participado de sus cegueras.
Tal vez por eso no sentimos nostalgia de un país idealizado, sino de cierta humanidad perdida.
Extrañamos una delicadeza moral.
La lealtad.
La responsabilidad hacia el otro.
Y una palabra casi fuera de época:
la ternura.
Sí, la ternura.
No como sentimentalismo.
Como civilización.
Hoy el yo ocupa demasiado espacio.
Y cuando el yo ocupa todo, el otro estorba.
Se empobrece el alma pública.
Porque una democracia también se erosiona cuando sus ciudadanos se repliegan sobre sí mismos.
Hemos ganado libertades, sí.
Pero quizá hemos perdido una sabiduría básica: que vivir era acompañarse.
Que el bien común existía.
La ternura.
Vuelvo a esa palabra porque ahí está casi todo.
Quienes hemos cruzado los sesenta y cinco miramos esta disonancia con duelo.
Porque hemos visto adelgazar el tejido humano.
Y acaso por eso vuelve Sabines:
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso…
Tal vez muchos de nuestra generación callamos así.
No por resignación.
Por amor.
Porque a veces callar no es rendirse.
Es una forma última de cuidar.
Por eso ahora los viejos, en este México de hoy, muchas veces preferimos callar.
No porque no tengamos qué decir.
Sino porque hemos visto demasiado.
Porque, como sabía Sabines, los amorosos callan porque están solos, solos, solos,
llorando
porque no salvan al amor.
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