
Gabriela Lazcano/ Perspectivas.mx
Esta semana se le preguntó a la presidenta que se había visto a una mujer asoleándose las piernas en las ventanas de Palacio Nacional, que qué opinaba al respecto. Y ella empezó a contestar, aunque el estimado lector no lo crea: “¿qué decían de las corruptelas de Fox?, ¿qué decían de la guerra de Calderón?, ¿qué decían del gobierno de Peña Nieto?”. Es decir, una respuesta absolutamente incongruente, vaga, distraída, carente de toda inteligencia… por no decir francamente absurda.
Uno se queda con una sensación rara. Como de hartazgo. Y no solo de ella, también de nosotros. Porque a mí me parece —y lo digo sin rodeos— que la presidenta está cansada. Cansada de que le pregunten, cansada de tener que responder, cansada de un país que ya no se deja distraer tan fácil. Y eso se nota. Se le ve. En el gesto, en el tono, en esa manera de contestar sin contestar.
Pero, de verdad, ¿qué tiene que ver una mujer asoleándose las piernas en Palacio Nacional con las corruptelas de hace veinte años? ¿En qué momento se volvió normal responder cualquier cosa con el pasado? Porque no es memoria histórica, es evasión. Es no querer hacerse cargo.
Y han pasado años. Años. Y seguimos escuchando lo mismo, como si el tiempo no avanzara para quien gobierna. Como si todo lo que pasa hoy siempre fuera culpa de alguien más. ¿De verdad no pueden —o no quieren— responder algo simple con un poco de claridad?
Luego viene lo de Dos Bocas. Dicen que ya tienen identificado el barco del derrame. Uno piensa: bueno, al menos hay algo. Avances. Bravo.
Pero cuando les preguntan cuál es, dicen que no saben. ¿Cómo se identifica algo que no se puede nombrar? Suena absurdo, pero así lo dicen, sin problema, como si fuera perfectamente lógico.
Y entonces uno empieza a preguntarse en serio: ¿a quién le hablan así? ¿De verdad creen que nadie se da cuenta?
Pero si algo de plano ofende no es ni siquiera eso. Es lo otro. Lo que pasó en el Senado.
Ahí estaban, entre risas, gritando “Monzón, Monzón”, con Gerardo Fernández Noroña al frente. Y enfrente de ellos, una mujer. Grecia Quiroz. Viuda. Su esposo, Carlos Manzo, asesinado. Y él mismo había dejado dicho a quién responsabilizaba si algo le pasaba.
No es un dato menor. No es un chisme político. Es una tragedia.
Y aun así, ahí estaban. Gritando. Como si fuera porra. Como si no hubiera una persona enfrente, de carne y hueso, escuchando.
Y aquí ya no se trata de política. De verdad no. Se trata de algo más básico. De lo que somos como personas.
Porque cualquiera —cualquiera— entiende que frente a alguien que perdió así a su pareja, lo mínimo es respeto. Silencio, si no sabes qué decir. Pero nunca burla.
Y ellos no solo no tuvieron empatía. Se burlaron. Se burlaron de un asesinato. Se burlaron del dolor de una mujer. Y lo hicieron apoyando, coreando, el nombre de quien es señalado como posible autor intelectual del crimen. ¿Y corean su nombre?
Eso no es un error. Eso no es un exceso. Eso es una forma de ser.
¿Es este realmente el gobierno que los mexicanos merecemos?
Porque ya no es únicamente un problema de incompetencia. Es un problema de degradación. De un poder que no solo no resuelve, sino que envilece. Que no solo evade, sino que humilla.
Y eso, a estas alturas, ya no es error.
Es identidad.
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